sábado, 24 de septiembre de 2011

EL DEBUT DE FANIA EN BOGOTA



LEONARDO TORRES

Por esos años eran contados los grandes conciertos en Bogotá, ciudad condenada a no figurar en las agendas de las orquestas más famosas del planeta, así fueran de música tropical. Y si venían, era para amenizar fiestas privadas contratadas por los clubes donde las quinceañeras de la alta sociedad aprendían a descaderarse.

A comienzos de los setenta, la salsa llegó al país para quedarse, para ser preciso a Cali, en cuya feria se habían desempeñado las mejores agrupaciones de la época, como Richie Ray, rey del boogaloo con anterioridad a su conversión al misticismo, y la imperecedera Sonora Matancera. Sin embargo, a finales de la década la salsa subió al altiplano, pero en discos acetatos.

Para escucharla era necesario ir al Goce Pagano, la primera discoteca consagrada a la salsa, mucho antes de denominarlas salsotecas. El Goce era un establecimiento minúsculo en medio de un barrio de mala fama en el Centro. Allí se reunían apretujados y sudorosos los amantes de aquel brote neoyorkino del son cubano, a escucharlo y bailarlo hasta la una de la mañana, pues ya existía la modita esa de acabar con la rumba pasada la medianoche. Su energía irradiaba en los círculos universitarios más progresistas y bohemios, deseosos de acabar tanto con el “chucuchucu”, esa degeneración comercial de la cumbia y el porro, difundida por la radio en todo el país, como con el vallenato que comenzaba a adquirir cierto reconocimiento. Allí acudían todos los enemigos de la música disco que reinaba en los clubes nocturnos de los barrios del norte. A pesar de ser nacida en los Estados Unidos, la salsa de aquellos años había adquirido un matiz anti-imperialista que le iba muy bien a las ideas de una franja de la juventud capitalina.

Pero fuera de El Goce Pagano resultaba difícil escucharla, solamente en forma discontinua en ciertos lugares. En consecuencia, la venida de alguna orquesta de renombre a un lugar público reunía los ingredientes reservados a la utopía. Hasta el día que se anunció el concierto de la Fania All Stars.

La Fania All Stars que en sus años de gloria reunió a los mejores músicos del sello discográfico neoyorquino, daba un concierto en el estadio Nemesio Camacho “El Campín”: Rubén Blades, Johnny Pacheco, Héctor Lavoe, Willie Colón, Papo Lucca, Yomo Toro, la crema de la crema tocando en Bogotá, a dos mil seiscientos cuarenta metros de altura sobre el nivel del mar. ¡Qué más pedir! No sé cuántos favores y diligencias aburridas le hice a mi mamá para que me diera el dinero del boleto que una amiga rica me había prestado: ¡La Fania! ¡En Bogotá!

La ausencia de plazas numeradas nos incitó a tomar ciertas medidas de precaución. Desde las tres de la tarde empezamos a afluir en las inmediaciones del estadio con la idea de garantizar un buen lugar en las graderías. La entonces llamada “social-bacanería” inundó los prados y parqueaderos aledaños, no sin antes haber pasado por licoreras y tiendas para surtirse en aguardiente. El concierto empezaba a las siete de la noche, la charla a secas en un día como aquél no podía ser suficiente. Otras sustancias acordes con la juventud de los espectadores circulaban con mayor o menor discreción. La fiesta empezaba bajo los mejores auspicios.

Pero no contábamos con otros aspectos de la idiosincrasia nacional. A las siete de la noche, hora oficial del concierto, no se habían abierto aún las puertas. Interrogantes e hipótesis, numerosos por demás, pasaban de ida y vuelta por la cola, calentando los ánimos. Ante la presión creciente, las rechiflas y el apelotonamiento de espectadores contra las rejas de entrada, las puertas terminaron abriéndose como la sopapa de una olla pitadora, calmando de inmediato el ambiente.

Acostumbrados a los retrasos, el buen humor retomó su lugar. Ahora todo era cuestión de pasar por una requisa que sería apresurada y poco rigurosa consecuencia de la avalancha de gente, luego a subir las escaleras y, a codazos, encontrar el sitio más cercano al escenario en función del precio de nuestra entrada.

Pero una nueva sorpresa nos esperaba en el interior. El estrado estaba prácticamente vacío. Algunos micrófonos y cables, uno que otro altoparlante y cuatro o cinco técnicos que iban y venían por el escenario atareados, operando lo que debieron haber hecho mientras esperábamos afuera. Debían de ser las ocho de la noche, el concierto no tenía como empezar.

Al cabo de un rato largo pusieron música para distraer la espera y engañar el desespero creciente, mientras numerosos borrachitos empezaban a “dar lora” luego de cinco horas de "hacer puchitos" de aguardiente en la boca. Entonces nos pusimos a bailar, aunque sin muchas ganas, hasta que el sonido se cortó.

El “ooohh” desconsolado dio la vuelta a El Campín como la ola, seguido de rechiflas, gritos e insultos. Ninguna explicación, ninguna excusa por parte de los organizadores. Pese a la agitación de los técnicos, el equipo de sonido daba muestras de ser en nada fiable, pues las canciones empezaban y se interrumpían al cabo de pocos segundos. Hoy me digo que nuestra paciencia de pueblo sometido es, de veras, inconmensurable.

A esas alturas se nos habían terminado las ganas de conversar, salvo para intercambiar las diferentes versiones que corrían acerca del retraso del concierto: qué el avión había llegado retrasado, que el equipo de sonido no había llegado de Nueva York, que era un equipo alquilado a las carreras en Colombia, que los músicos habían perdido un vuelo estando todavía en Puerto Rico, en fin, las ideas más descabelladas circulaban para tratar de explicar semejante fiasco.

En cuanto a las ganas de bailar o de cantar, la intermitencia de la música parecía haberse aliado con el frío sabanero para acabar con ellas. Pero, pese a todo, seguíamos allí, con la esperanza y la credulidad firmes. La Fania no tardaría en borrar con un par de acordes y el martilleo de la clave, tanto frío, tanto cansancio, tanta hambre. Despertaría a los borrachitos que dormían “la perra” en la incomodidad de las gradas heladas y retrotrayendo la incipiente resaca al estado de una sana borrachera.

No sé si el estadio de fútbol bogotano había acogido con anterioridad otros conciertos, pero era un lugar inapropiado para disfrutar la música, cuando la tecnología en absoluto era como la actual, no existían pantallas gigantes para sentirse cerca de los artistas. El escenario, situado en la portería norte, parecía lejanísimo a todos, en particular a quienes se hallaban en la tribuna sur, desde donde empezaron a saltar las vallas de separación algunos espontáneos con la intención de acercarse a la tarima. Apenas saltaba uno, la policía corría con gorra y bolillo en mano tras él. Saltaba uno por aquí, otro por allá, los policías no daban abasto, mientras el coro de “ole” recompensaba la agilidad y la rapidez de los temerarios mientras abucheaba con una bronca unánime a los abominables agentes del orden, exhaustos y desamparados como toros en corraleja. Aquellas corridas se convirtieron en la primera parte del espectáculo, que calentaba a un público, que por momentos olvidaba que estaba allí para escuchar a La Fania.

En medio de semejante circo empezó, por fin, el concierto, sin siquiera darnos cuenta. De no haber sido por la voz maravillosa de Héctor Lavoe que alcanzó a salir, no sé cómo, hubiéramos seguido en ello. No recuerdo con cual canción empezó, a lo mejor con Mi Gente, pero en pocos instantes la magia de La Fania, pese al sonido y a los altoparlantes un poco mejores que los instalados en el minúsculo local del Goce Pagano, hechizó al estadio y de nuevo empezamos a cantar y bailar en las tribunas, perdonando tanto atropello.

No sé si fue la primera o la segunda canción, pero Papo Lucca había atacado un solo de piano cuando los bafles volvieron a hacer de las suyas. El colapso del sonido silenció al estadio durante un instante como si hubiésemos querido seguir escuchando la música sin los artificios de la tecnología. Pero los ánimos, ya bastante caldeados, se expresaron nuevamente a punta de rechiflas, gritos e insultos contra los agentes del orden, los organizadores, los artistas, el gobierno, el imperialismo americano, ahogando las notas del piano, reclamando la devolución del dinero con palabras donde sobresalían ladrones, rateros e hijueputas y como la requisa no había sido eficiente, empezaron a volar botellas vacías  de aguardiente dirigidas contra los agentes de policía que en ningún momento habían dejado de correr tras los invasores del terreno en número cada vez superior.

Hubo, sin dudarlo, amagues de concierto pero todos se saldaron con el mismo corte brutal y atronador y, a decir verdad, a nadie le interesaba ya. Transcurrían de las diez a las once de la noche, cuando tres cuartas partes de los espectadores estaban ebrios. La hartura, el desencanto y la rabia se habían instalado donde la esperanza de ver a la Fania reinaba siete horas antes. Para que aquel acabose fuese completo, y colombiano con cabalidad, a las autoridades se les ocurrió nada mejor que hacer venir varios destacamentos antimotines quienes, cual gladiadores entrando en la arena, invadieron la cancha pertrechándose tras sus escudos y tomando posición frente al público como si de esa manera se calmara. La guerra campal empezó enseguida. A falta de municiones, las botellas se habían agotado, se echaron abajo las cabinas de los periodistas, de donde brotaban pedazos de tejas y fragmentos de muebles que aterrizaban, con buen o mal tino, en la gramilla, acompañados de los correspondientes aplausos. Las fuerzas del orden, o del desorden en esta historia, respondieron primero con gases lacrimógenos antes de penetrar en las gradas.

Momento que aprovechamos, yo para agarrar, por fin, la mano a mi amiga, y a correr se dijo, salir del estadio a como diera lugar, en medio de la turbamulta que se precipitaba, unánime y llorosa, por las escaleras, en busca de los portones de salida. Afuera nos encontramos con más tropa bajando de los camiones, cosa que nos convenció de irnos con el desencanto a otro lugar (1), cuando las pedreas se extendían por el sector de Sears.

Los estragos que dejó la rabiosa huida podían verse veinte cuadras a la redonda. Rotos semáforos, vitrinas, paraderos y vallas publicitarias. Algún autobús fue apedreado. “Desmanes” como los calificó la prensa, es decir El Tiempo, al día siguiente, sin demorarse una línea en averiguar sus causas sin denunciar la irresponsabilidad, ni el amateurismo de los organizadores, de quienes en verdad debido encargarse las fuerzas del orden, incluso hasta meterlos en la cárcel, si las cosas fueran como debieron ser.

Este es sin duda un detalle nimio en la historia de la ciudad, y más aún en la del país. Una simple anécdota, sin embargo, el concierto de la Fania All Stars fue como una muestra fractal de nuestra historia: el encanto de promesas fantásticas que ilusionan al pueblo seguidas del más vil engaño aunado con la irresponsabilidad y la incompetencia. Para terminar, como casi siempre: la represión brutal a manos de las fuerzas del estado.


(1) No me sorprendería que haya por ahí algún guerrillero que se haya marchado al monte por aquel desengaño.






OBSERVACION: El debut de Fania All Stars sucedió el viernes 8 de agosto de 1980.


Fuente:
Nombre original: ¿Como fue el primer concierto de la Fania en Bogotá?
Revista Digital Claroscuro
Fecha de Publicación: 31 de agosto de 2009
Corrección de Estilo: Nuestra Cosa Bogotana.

domingo, 18 de septiembre de 2011

UN PERSONAJE - CHEPE

Foto: John Abril


MARCELA JOYA

No deja de sonreír ni siquiera cuando habla. Nadie lo conoce como José Armando García Benítez e incluso se siente incómodo al escuchar el nombre con el cual fue bautizado hace casi 54 años, un 22 de diciembre, en la capital.


Todavía hay quienes dicen “vamos donde Chepe” en vez de “vamos a Son Salomé”, el bar tradicional de música caribeña que este hombre se inventó hace 23 años. Un lugar modesto con tan solo 26 mesas y 10 empleados que acoge más de 150 personas cada noche de fin de semana.

El nombre del bar lo eligió porque la palabra “Son” evoca a Cuba, y “Salomé” es recurrente en varios temas musicales. Además, es el apellido de una bella e irreverente dama que se llamó Lou Andreas Salomé, amante de los intelectuales, músicos y científicos más sobresalientes del siglo XIX. 

Son Salomé le pareció un nombre sonoro y fácil de aprender o pronunciar en cualquier idioma, pues a este bar van todos los extranjeros o nacionales que desean escuchar lo mejor de la música caribeña.

Chepe es reconocido como el melómano y Dj más selectivo de la rumba capitalina. En su bar es posible escuchar desde lo más antiguo y recóndito del son hasta lo más nuevo o raro de la salsa, el reggae e, incluso, el reguetón.

Chepe cree que su mayor ventaja auditiva a la hora de depurar repertorios musicales es que jamás escucha radio y que ni siquiera ha comprado uno. No le gusta la televisión, pero de vez en cuando ve los noticieros nacionales.

Viaja con frecuencia a Cuba y a Puerto Rico en búsqueda de novedades musicales. Es cinéfilo y un gran lector e investigador de música. Todo lo que busca es para él, porque lo hace feliz y porque quiere sorprender a sus clientes cada noche.

MARCELA JOYA: Chepe, ¿cómo se involucra usted en el mundo de la salsa?

CHEPE: Yo no me involucré en el mundo de la salsa, a mí me involucraron. Sin querer y sin ser consciente crecí en un ambiente musical caribeño. Quiero decir, en cualquier bus al que me subía escuchaba a la Fania, a los Palmieri, todos esos artistas con los que uno se inicia en la salsa. Mi infancia la viví en Palermo, al sur de Bogotá, un barrio muy rumbero en el cual me encontraba en cada esquina con un "pirobo", uno de esos personajes con pinta de bailarín salsero, zapatos blancos de charol y camisa ajustada al cuerpo que se la pasaba a toda hora practicando pasos nuevos. Como vivía cerca del barrio Restrepo, también me fui contagiando de la energía musical que allí se respiraba. Había muchos bares caribeños y la movida era tan fuerte que me fue adoptando sin darme cuenta.

M.J: ¿Y empezó a coleccionar música desde joven?

CH: Yo no soy coleccionista y detesto ese título. Lo que sucedió fue que me volví un jovencito muy inquieto por conocer y devorar toda la música del Caribe, entonces empecé a comprar pastas de música que me traían especialmente de Cuba, y poco a poco me fui llenando de discos que nunca he sabido ni cómo organizar. No me gusta decir que soy coleccionista porque serlo es ufanarse de conocimientos que no tiene nadie realmente. Coleccionar es almacenar y guardar y lo que yo hago es escuchar y difundir. Hace poco regalé más de 2000 discos seleccionados porque ya no tenía en dónde almacenarlos y no considero justo que la música se empolve mientras existen personas inquietas dispuestas a valorar ese material.

MJ: Cuénteme cómo montó usted su primer bar salsero, ¿Estudió algo referido a la música?

CH: Toda la vida he sido un estudioso autodidacta de la música pero paradójicamente hice una carrera universitaria que nada tiene que ver con ella, Finanzas y Mercadeo, en la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Después de graduarme me ocupé muy poco tiempo en eso y cuando tenía 25 años monté mi primer bar, que no fue salsero, o al menos no exclusivamente. Se llamó Nueva Trova, precisamente porque esa era su línea musical. Programaba desde Silvio Rodríguez y Ana y Jaime hasta Petrona o Totó, que por cierto eran músicas relegadas en Colombia y sus discos me tocó conseguirlos en Francia a precios muy altos.

MJ: ¿Dónde quedaba Nueva Trova? ¿Era un lugar rumbero o su intención era más bien que la gente pudiese sentarse a escuchar música y a tomar algo?

CH: Monté el bar al lado de la Universidad Nacional porque en ese entonces todos los sitios por el estilo estaban allí ubicados: Son Palomeque, Luz y Loma y algunos más. Finalmente eran los estudiantes de la Nacional los que mantenían el sitio y desde las diez de la mañana ya me estaban tocando la puerta para que los dejara entrar, y hasta las tres de la madrugada volvía a cerrar. El bar era pequeñito pero sorprendentemente los muchachos se paraban a bailar y armaban tremendas rumbas. Así que fueron ellos mismos quienes se encargaron de crear el ambiente de Nueva Trova.

MJ: ¿Y cuánto duró? O, más bien, ¿por qué lo cerró?

CH: Por agotamiento. Yo no hacía nada más que mantener el bar. Yo era el dj, el mesero, el portero, el aseador. Y prácticamente lo abría de lunes a sábado. Lo mantuve dos años hasta que el cansancio me ganó.

MJ: Pero no mucho tiempo después abrió usted el primer Son Salomé, ¿verdad?

CH: Un año después. El 4 de julio de 1986. Es que en verdad la primera experiencia que tuve con un bar fue maravillosa y me quedó gustando. Por eso volví a montar uno, esta vez sí especializado en la música caribeña.

MJ: ¿En dónde? ¿En qué público pensó?

CH: Ubiqué un pequeño local sobre la calle 40 con carrera 7 y allí lo puse. Lo que yo quería era adecuar un espacio para el buen melómano, por decirlo de algún modo. Son Salomé desde siempre ha sido un bar interesado en difundir la buena música, desde las grabaciones más antiguas y recónditas hasta las nuevas que se están haciendo en cualquier lugar del mundo.

MJ: En efecto, Son Salomé es distinguido por los salseros como el lugar donde se programa la mejor salsa, para usted, ¿cuál es esa buena música? ¿Cómo hace esa distinción?

CH: Hablar de la mejor música puede parecer algo petulante. Pero creo que todos los que somos aficionados a ella nos vamos volviendo selectivos con el tiempo y si además somos dj tenemos que ocuparnos de elegir lo que a nuestro parecer es lo mejor. En el momento en que abrí Son Salomé existían pocos lugares para escuchar música caribeña, no salsa, con esa palabra me siento un poco limitado, porque para mí una de las mejores músicas del mundo es la cubana, que no es salsa, y que desde siempre he programado en mi bar. Lo que hice fue pensar en un sitio para poner la música que a mí me gustaría escuchar en cualquier lugar, para sorprender a los clientes y a su vez para ofrecer una música que no se estaba difundiendo en los bares más populares del momento, como Galería Café Libro y El Goce Pagano. De hecho, en un principio Son Salomé no era ni siquiera reconocido por su nombre porque la gente siempre decía "vamos donde Chepe" y muchos ni sabían cómo se llamaba el bar, además, porque el letrero era bien pequeñito. Luego me trasladé al actual local, sobre la carrera 7 con calle 42 y entonces la gente supo el nombre del establecimiento. Lo triste es que ahora ni saben quién es Chepe, pero no importa.

MJ: ¿La diferencia de Son Salomé con El Goce Pagano o con Galería Café Libro se debía entonces a un asunto de línea musical únicamente?

CH: A muchas cosas, pero principalmente se distinguía y se distingue por la línea musical. Yo no soy un empresario y negociante como Alberto Littfack, el dueño de Galería Café Libro, ni soy un teórico y coleccionista aficionado como César Pagano. La función de Son Salomé es y ha sido deleitar al curioso con las músicas del mundo. Bien puedes escuchar en mi bar un bolero de hace 50 años como un reguetón o hip hop actual de Venezuela, por decir algo. Creo que nunca pensé en grande y no sé si eso fue bueno o malo, porque así como estoy me siento satisfecho. Con un lugar discreto al cual le caben máximo unas 150 personas y que suele llenarse cada fin de semana. Sin embargo, hay que reconocer la función social tanto de Littfack como de Pagano. Por su parte Galería Café y Libro fue el primer bar grande de salsa que existió en el norte de Bogotá. Littfack trasladó la salsa a la élite de la ciudad, permitiendo que estas clases sociales se involucraran en el movimiento. Por ello es que la música que ponía (y pone) no podía ser la más selecta y rara sino la más popular y comercial, la que estaba sonando en las emisoras. Littfack sí pensó en grande, en crear un fenómeno masivo en un sector donde la gente se encontraba en capacidad de pagar mucho mejor los costos de cualquier servicio ofrecido por el bar. Pensó en un gran negocio con gran rentabilidad, y lo consiguió. Por eso es que Galería Café y Libro no programa la mejor música –ni tampoco la peor–, pero sí todo tema que a la gente que frecuenta el sitio le gusta bailar. Es decir, canción que no llene la pista de baile no vuelve a sonar en Galería Café Libro. Y si bien Littfack "elitizó" la salsa en Bogotá, Pagano la "intelectualizó". El Goce Pagano fue el primer centro cultural salsero de la ciudad, por eso reunía a un selecto grupo de gente interesada en comprender la música caribeña de la manera más profunda. Son labores que hay que reconocerles a estos dos importantes empresarios.

MJ: Pero tengo entendido que usted fue dj de Galería Café Libro, ¿Ponía su música o la de Littfack? ¿Por qué terminó allí?

CH: (Ríe) Littfack y yo fuimos buenos amigos ante todo. Trabajé con él durante cinco años como dj con la fortuna de poder programar la música que yo quería, algo que no les sucede a la mayoría de djs en ningún bar. Claro, el dj tiene libertades pero siempre debe ajustarse a los parámetros musicales del lugar. Lo que yo hice en Galería Café Libro fue establecer otra línea musical y a Littfack le gustaba. Programaba salsa bailable pero un poco menos popular aunque debo reconocer que por petición de Alberto nunca dejé de programar La temperatura de Los Hermanos Lebrón o el eterno himno del bar, Sandra Mora, un tema que lleva sonando en Galería los treinta años que tiene el sitio.

MJ: ¿Y cómo hacía para programar música ahí y a la vez hacerse cargo de Son Salomé?

CH: Eso sí fue un gran problema. Durante el primer año encargué mi bar a distintos djs pero no resultó siendo una buena idea porque mis clientes se iban a buscar a al dj Chepe a Galería Café Libro, mientras que Son Salomé perdía ventas. Por eso acordé con Littfack que trabajaría en su bar solo de lunes a miércoles para poder atender mi bar los fines de semana, y así permanecí cuatro años más hasta que me fui a trabajar con la competencia de Galería.

MJ: ¿Dónde? ¿Por qué?

CH: Se llamaba Saint Amour y su dueño era Germán Cubillos. Fue un inmenso bar de salsa, incluso más grande que Galería, y se ubicaba también en la zona rosa. Trabajé allí porque tenía toda la libertad de poner mi música, tanto así que la programación era la misma que la de Son Salomé. Además, Germán era un inquieto comprador de rarezas musicales que me nutría mucho profesionalmente. Permanecí allí casi un año hasta que me tocó volver a ponerme al frente de Son Salomé tiempo completo porque a mis djs se los estaban llevando Littfack y Pagano.

MJ: Por dinero…

CH: Son Salomé nunca ha podido (ni puede) pagar a sus djs lo que les pagan en Galería, en El Goce Pagano o en Salomé Pagana. Lo que no indica que les pague mal porque para mí el trabajo del dj es demasiado respetable e importante. De hecho en Son Salomé el alma es el dj.

MJ: Teniendo Son Salomé tanta exclusividad con la música no debe ser fácil para usted encontrar un dj que lo haga bien.

CH: Mira, alguna vez les pregunté a los integrantes de la Orquesta Aragón cómo podían ellos seleccionar un nuevo músico que tuviera la calidad para pertenecer a la agrupación, y me respondieron que lo primero que hacían era elegir a la persona y luego verlo como músico y formarlo si era preciso. Yo pienso lo mismo. Primero conozco a esa persona y la elijo por su calidad humana, por su curiosidad e inquietud por la música, y luego voy viendo cómo puedo guiarla, o dejo que ella también me guíe a mí porque yo no lo sé todo. Adoptando las palabras de Jaime Velásquez, el dueño de Sandunguera, un excelente bar salsero, pienso que el mejor dj es el que todos los días de su vida crea nuevas piezas compuestas por muchas canciones. Es un arte.

MJ: Usted que ha sido dj durante toda su vida, cuénteme, ¿en qué consiste realmente ese trabajo?, porque no es tan simple como puede parecer…

CH: Por supuesto que no es nada simple. Es toda una profesión, es mi profesión. Si después de haber programado seis horas seguidas de música un dj me dice que se siente relajado eso indica que hizo muy mal su trabajo. Programar música es un trabajo desgastante que requiere de concentración, observación y dedicación. Un buen dj no es el que pone música una noche y ya sino el que se prepara para poder hacerlo. Debe escuchar varias horas al día toda la música que puede, depurar repertorios y buscar nuevos temas. Debe aprender a masterizar y a hacer mezclas porque también del buen sonido, en efectos técnicos, depende el éxito de un bar. Debe observar cuidadosamente a la gente que está en el bar, debe volverse un poco maniático en descifrar la apariencia de las personas para saber qué poner. Si se da cuenta de que hay una parejita de enamorados no debe colocar "Mala Mujer no tiene corazón…"; si ve a varias personas bailando felices no los puede sentar con un bolero. Si ha programado a dos tríos no puede romper la línea con una descarga. El dj es finalmente el responsable de que el lugar se mantenga y de que la gente vuelva o no. Al menos en un lugar como Son Salomé, donde lo principal es la música.

MJ: ¿Y por qué no adecuar una pantalla o una tarima para la presentación de música en vivo? ¿Nunca ha pensado en esa posibilidad?

CH: Creo que tengo la fortuna de ser el único bar de salsa sin pantalla y sin tarima. Considero que la proyección de videos puede tanto cohesionar a la gente como espantarla, pero es más fácil aburrirla. La calidad no puede ser buena sino excelente y no solo en aspectos técnicos sino en contenido, pero realmente rara vez logras mostrar algo que guste a todo el público. Y con la música en vivo pasa lo mismo. Podré parecer cansón pero tengo que ser sincero. No voy a presentar a un grupo solo por el hecho de tener música en vivo. La calidad es muy importante y si no la hay no vale la pena. Y con calidad me refiero al sonido en el bar, al profesionalismo de los músicos, a la perfección instrumental, a todo. No puede ser aceptable, tiene que ser excelente.

MJ: No hay calidad en las nuevas agrupaciones salseras bogotanas, que ya son más de 25…

No la hay. No todas son tan malas, pero la gran mayoría sí. Creo que se está haciendo salsa por la irremediable manía del nuevo músico a evocar la nostalgia de lo que ya murió.

CH: ¿Ya murió la salsa?

MJ: Hace mucho. Ahora hay fusiones que son buenas y música caribeña de calidad, pero salsa se le llamó a un fenómeno y no a un estilo. Y ese fenómeno ya pasó.

CH: No entiendo… Me puede explicar a qué se refiere con que ese fenómeno ya pasó. ¿No hay un nuevo movimiento salsero actualmente? Lo que hay es un movimiento musical, pero mediocre. Hay que aceptarlo y que decirlo: los músicos colombianos son perezosos y conformistas. Piensan que hacer salsa es tocar unos ritmos que se parezcan a lo que ya está hecho, no proponen nada, no crean sino que imitan. Por eso todas las orquestas bogotanas suenan igual, no es posible diferenciarlas entre sí, ni bailar sus temas, que aún son poco rumberos.

MJ: ¿No le gusta ninguna de las nuevas orquestas?

CH: Claro que sí. Soy radical pero no insensible. Me gusta Sidestepper, ChocQuibTown, algo de La Real Charanga, del Sexteto Latino Moderno y un poco de La 33.

MJ: ¿No hacen salsa La Real Charanga, el Sexteto Latino Moderno y La 33?

CH: Con la palabra salsa me dejas muy limitado. Pero si hablamos de salsa como tal entonces creo que no la hacen. Cada una tiene de cierto modo elementos de fusión que indistintamente no suenan mal. La 33 que pareciera ser la más salsera, no hace algo distinto a lo que ya está hecho, imita.

MJ: Ah, entonces cuando dice usted que la salsa ya murió se refiere a que no se está haciendo nueva salsa y no a que no existe.

CH: Algo así. La salsa fue un movimiento para aglutinar una serie de ritmos particulares en una época determinada, años 70 y 80. Que se retome la línea sonora de algunas musicalidades no quiere decir que se esté haciendo algo nuevo. Por eso mismo digo que se está retomando más no innovando.

MJ: Todo tiempo pasado fue mejor…

CH: No quiero ser pesimista. Actualmente en el mundo se está haciendo muy buena música, tanta que es imposible apreciarla toda.

MJ: Cómo por ejemplo…

CH: Me gusta Havana Abierta, me gusta La Orquesta Mágica de La Havana, me gusta Kelvis Ochoa, me gusta Salsa Céltica.

MJ: ¿Cómo hace usted para estar siempre al tanto de lo que está sucediendo en el mundo musicalmente?

CH: Trato de viajar a Cuba dos veces cada año y me traigo de La Havana y de Santiago todo lo que puedo. También voy a Puerto Rico y hago lo mismo, a veces a Venezuela y a Nueva York, o también son mis amigos los que me consiguen discos fabulosos de cualquier lugar del mundo. Imagino que ha tenido la oportunidad de conocer a grandes personalidades internacionales de la salsa en su camino. A muchísimos. Pero tengo especial cariño por Changuito, el percusionista de Los Van Van, y cada vez que voy a La Havana lo primero que hago es buscarlo y dejar que él sea mi guía inseparable. También veo a Mayito, a Puntillita, a Pio Leyva, a Omara Portuondo.  Sobre todo cuando trabajé en Galería Café Libro, por ser el bar en el que mejor se mueven las orquestas internacionales, conocí a muchas de estas personalidades de la música, como a la Orquesta Aragón y a la Sonora Ponceña, que de ahí no salían.

MJ: Y a Henry Fiol.

CH: ¿Quién no conoce a Henry Fiol? No sale de Colombia. Pero está lejos de ser mi predilecto. No puedo aceptar que jamás reconoció los derechos de autor de los compositores cubanos que le cedieron gran parte de su repertorio, como La Juma de Ayer y Buscando la Melodía, mientras él deambula por el mundo en medio de su estrellato y ellos viven casi en la miseria.

MJ: Chepe, toda una vida dedicado a programar música, ¿sigue siendo ese su oficio exclusivo?

CH: Desde que abrí mi primer bar lo ha sido y lo sigue siendo. Jueves, viernes, sábados y vísperas de festivos me ocupo del bar. El resto de la semana me encierro a leer y a escuchar música unas ocho horas diarias. A depurar y a renovar.

MJ: ¿Todo tipo de música?

CH: La que sea y de cualquier lugar del mundo. Si bien en Son Salomé prevalece la salsa, no dejo de programar música del Caribe, algo de reguetón, reggae, champeta, hip hop.

MJ: ¿Nunca ha tenido planes de escribir sobre todo lo que ha investigado de la música durante tantos años?

CH: Yo investigo para poder entender mejor la música, para poder disfrutar plenamente de ella y así poder programar cada día mejor. No soy escritor, no soy musicólogo. Mucho de lo que yo investigo ya está escrito.

MJ: ¿Y en la radio? ¿Alguna vez lo han invitado a programar o a realizar algún programa?

CH: Varias veces. Pero la verdad es que mi timidez con el micrófono es muy grande. Además no soy un sabio ni me considero un experto para que los oyentes tengan que creer en lo que yo digo.

MJ: Y cuénteme, ¿sigue comprando discos y programando la música en Son Salomé? O, ¿Cómo funciona en su bar este asunto?

CH: Solo cuando viajo compro discos y eso sí es el caso de que no pueda conseguirlos por otra parte. Hay ya que dejar ese romanticismo. La tecnología nos pone todo al alcance de la mano, yo ya no tengo en dónde guardar más cajas de discos mientras que un dispositivo del tamaño de mi mano puedo almacenar miles de canciones, con las carátulas de los discos y el contenido de las cartillas, absolutamente todo. Para mí la web es una fortuna, es maravilloso tener acceso a todo lo que sucede en el mundo en un instante y el hecho de que la música ya no sea una exclusividad de quienes tienen los recursos económicos me parece genial. Lo que no significa que a los músicos no se les reconozca económicamente su trabajo; por el contrario, si los conoce el mundo pueden salir con más facilidad de su país natal y volar muy alto.

MJ: ¿Qué significa para usted la salsa?

CH: La salsa o la música del Caribe, o la música sabrosa, es para mí el mejor legado que nos dejaron los negros. Por ellos doy gracias a la vida por permitirme vivir, porque las dificultades del día a día se alivian con la buena música, porque soy absolutamente feliz haciendo lo que hago. La música ha sido mi compañera fiel toda la vida pues ya no me casé ni quisiera hacerlo. La música es como una bella y difícil dama a la que si logras cotejar tienes que declararle absoluta fidelidad porque si no es ella quien te traiciona. Si la dejas un solo instante luego no puedes entenderla ni descifrarla. Por eso la música es mi compañera.

domingo, 11 de septiembre de 2011

ECOS DE SALSA AL PARQUE II



Foto: UN Radio.

BALANCE SALSA AL PARQUE

DIEGO ANDRES ARANDA


Teniendo en cuenta la naturaleza formadora del Festival y alejando el elemento espectáculo, hay que enfatizar la realización del mismo en el sentido amplio de lo que la palabra Salsa convoca.

Si el festival se organiza dentro de parámetros que dominan pocos, así mismo tendrá la asistencia de pocos.

Es muy cierto que se requiere urgentemente de una actualización en materia musical, pues si bien el sonido setentas ha servido de inspiración a las bandas participantes, también es cierto que sonidos como la timba, el latín jazz, el songo, y ciertas fusiones, se asoman en sus presentaciones, aunque de forma tímida y no son recibidos por el público en su verdadera dimensión.

Lo ideal sería que la participación en todas las actividades involucrara todas las tendencias posibles dentro de este arco iris musical.

Pero esto debe estar respaldado por una difusión radial dedicada a enseñar los diversos formatos y cree públicos variados, no divididos.

De aquí se desprendería la elección de conocedores de cada tendencia que no solo participen en la elección de las bandas sino que aconsejen a la administración sobre lo que suena allende las fronteras nacionales y propongan una programación más equilibrada entre lo local y lo foráneo. Esto ayudaría a la misión formadora del evento.

No se pueden desconocer las producciones del pasado y sus grandes virtudes, pero no se puede estancar el concepto del festival en una fórmula consabida.

Es momento de mirar la Salsa como una cultura viva, que aún genera líderes, que evoluciona pero no olvida, ya sea desde la dinámica activa de la Salsa Global (en la que los músicos se entreveran en una colaboración positiva entre orquestas, ha rescatar el sonido de la Salsa de ayer, opacada por los enfisemas comerciales) o ya sea desde las iniciativas innovadoras que proceden de diferentes latitudes, las cuales poseen un sonido fresco, sin abandonar la calidad sonora. O más acá, ya sea desde el delicioso laberinto sonoro colombiano que da participación al folklore, extractando ritmos que pueden enriquecer la Salsa en acertados experimentos.

En cuanto a las muestras fonográficas, sería enriquecedor lo que plantea Clemente Sierra en el sentido de dar cabida a otros procesos musicales que han surgido en décadas recientes.

Es muy valioso dar a conocer piezas en acetato y es loable el hecho de que sus poseedores conserven intactas estas piezas que en algún momento quedaron como herencia para la humanidad, pero es momento de revisar lo que sucede en el mundo en materia musical, pues hace tiempo, la Salsa, o todo lo que involucramos bajo este concepto, ha salido de Latinoamérica y se ha incrustado en latitudes inimaginables.

Sería maravilloso dar a conocer también, por parte de otro tipo de coleccionistas, lo que sucede en Europa o Asia con el género, Incluso, en el Caribe contemporáneo hay nuevas propuestas basadas en la Salsa, sin abandonar lo que viene sucediendo con las muestras en vinilo.

Todo lo anterior, daría paso a un festival más inclusivo y más formador. Haría que más públicos se movilizaran en medio de la variedad y se entraría, por fin, en una fase de madurez en la observación de nuestra música.

PD. Con gran pasión amo Nuestra Cosa Bogotana o Latina, me declaro seguidor acérrimo de los sonidos sesenta y setenta, pero también tengo ganas de recibir información novedosa que expanda el conocimiento musical.



ECOS DEL ENCUENTRO DE COLECCIONISTAS

CLEMENTE SIERRA

Lo mismo se puede decir del evento de coleccionistas de discos, quienes sacrifican el sabor tras el fetiche del acetato más raro; del único LP que produjo alguna orquesta sin ninguna relevancia, cuyo mérito sólo radica en su extravagante precio de venta al público en la tienda de algún mercachifle de los que existen en todo el país o en las redes de subastas mundiales.

Faltan cadencia y perspectiva, pues en el Caribe existen varias corrientes posteriores al son, la pachanga, el mambo y la salsa de los setenta, si bien todos reconocemos en la vieja guardia el punto de partida, el ejercicio del melómano consiste en recorrer el camino completo pasando por la diversidad de ritmos y géneros, confluyendo lo clásico y las nuevas tendencias.

En ese sentido, se extrañan los programas de "Salsa por Encima del Nivel", en Quiebra Canto, en el centro de Bogotá, lugar al que la mayoría de personas que en esta ocasión mostraron sus rarezas no asistieron, y que fuera la escuela y punto de partida, es decir, donde realmente se cocinó lo que hoy es posible gracias a esos pioneros, contando incluso con uno ya fallecido y que continuara ese trabajo entre pedagógico y de alguna forma mesiánico en La Corredera; a la mayoría de las personas de entonces hoy nos fatiga contemplar las muestras de los coleccionistas, con contadísimas excepciones, por su escaso “feeling” y lectura sesgada. 

La música del Caribe urbano, que reclama su espacio en la ciudad capital, requiere a gritos de los organizadores de estos certámenes la inclusión de todas las tendencias y formatos, es decir, que en el evento de coleccionistas no solo tengan cabida el acetato, el son, la pachanga, el mambo y el güagüancó tocado por orquestas con secciones fuertes de trombones, sino donde además la timba, la salsa rosa, entre otras formas caribeñas, así como el disco compacto puedan tener su lugar; todos los salseros tienen derecho de contar con preferencias, no obstante, la organización del evento debe reconocer la diversidad que rodea el fenómeno no sólo para el bailador, sino también para quienes hacemos lecturas de otros órdenes.

Si el evento no incluye todas las formas, la dirigencia del mismo está llamada a replegarse y dar paso a nuevos organizadores con una visión que haga gala de que la salsa no es anacrónica, sino que permanece vigente y en plena actualidad.




viernes, 2 de septiembre de 2011

ECOS DE SALSA AL PARQUE

FERNANDO ESPAÑA








Cuando “a retornado” la salsa a la escena bogotana, luego de dos décadas de ostracismo público, valga el momento para realizar un paneo al estado de cosas una vez realizada la versión catorce de Salsa al Parque, “summun” de la historia, del presente y el futuro del género en la ciudad.

Este panorama está fundamentado en artículos de prensa, cubrimiento de estaciones de radio y televisión, comentarios en estados, notas y foros en Facebook, videos posteados en You Tube, programación del festival, conversaciones con neófitos y expertos y en saberes, reflexiones y experiencias de una vida personal dedicada a un complejo cultural, LA SALSA, al que me debo profundamente como persona y ser social.

Desde está perspectiva múltiple, la única forma como comprendo la salsa, el jazz latino y el son cubano, es decir el conjunto que constituye LA SALSA, intento aportar una vez más a una celebración anual de la que soy uno de sus gestores al ser miembro del comité fundacional. Luego, a consolidar desde la radiodifusión, que venía desarrollando con anterioridad. Y también a participaciones esporádicas en tarima o como asesor, pero siempre siendo observador gozoso y jodón, incluso anónimo.

Ocho días antes de la realización de Salsa al Parque 2011 escribí a manera de posdata en el texto, El Origen de Salsa al Parque, publicado en Facebook, justicieramente comentado por amigos en la red, y en el blog Nuestra Cosa Bogotana, con más de quinientas visitas, una vez conocido el cartel, la programación y los escenarios, el siguiente párrafo, sabedor de la emoción que nos recorría a los salseros y visionario de lo que acontecería en el Plaza de Bolívar, gracias a un conjunto de actividades como el cierre del Mundial de Futbol Sub 20- y a la fama de las estrellas salseras contratadas, entre otros aspectos a favor para su éxito:

“En síntesis, quiero manifestar con anterioridad a la realización de Salsa al Parque 2011 qué, el "éxito" de un evento como Salsa al Parque no puede "medirse" por el número de asistentes a la Plaza de Bolívar, sean estos pocos o "lleno total". Este ítem sólo es un indicador en el plazo inmediato. La asistencia sólo es un factor dentro de su filosofía, políticas, historia e impactos social, cultural y musical. Es importante, como la elección y contratación de "estrellas salseras", como el cartel y calidad de las actuaciones, qué sólo son una parte también. Salsa al Parque es un todo qué, a su vez, es una parte de la gran ciudad, de su cultura salsera ciudadana. Desde ya manifiesto que será un "éxito" en asistencia como la presencia de la nómina en el cartel y en tarima, aunque falta "alguién" o "algunos" de la contemporaneidad salsera mundial”

Podría suponerse que ante semejante cartelera no habría objeción alguna, así como sería de satisfacción plena el observar los escenarios escogidos “hasta las banderas”, sin embargo, insatisfechos quedamos aquellos que pensamos que Salsa al Parque acusa fatiga conceptual –bueno, desde hace unos cuantos años-, estimando que “es hora de la maduración conceptual de un festival actual que goza de una perspectiva retro, profundamente anacrónica y sin dimensionar su fenomenología contemporánea, tanto en su organización como saber y programación, pese a la selección y contratación de formidables músicos y estelares agrupaciones -locales, nacionales y extranjeras- y el cambio administrativo de entidades y funcionarios”. Párrafo también extractado de la reseña El Origen de Salsa al Parque.

Para un grupo de “salseros, latinjazzeros y cubanomelómanos” la presencia de Bobby Valentín, (Rey Ruiz), Ricardo Ray & Bobby Cruz y Roberto Roena, estrellas de un pasado salsero, es tan sólo la confirmación de la mirada en pasado y descontextualizada que padece el Festival. Se alaba la presencia en Bogotá de “verdaderas estrellas salseras” que “nunca” habían estado en nuestro festival con sus orquestas, pero a estas alturas del fenómeno salsero mundial, y del número de versiones de la misma celebración, es inadmisible dejar por fuera del cartel bandas de esa contemporaneidad salsera que muestra nuevos rumbos desde los ochenta, y menos cuando se goza, gracias en parte a internet, de un espectro tan amplio en la salsa globalizada, en la Salsa Global.

Se ha inventariado en más de cuatro mil quinientas las producciones Post-Fania, sin contabilizar las publicadas por solistas de la salsa balada ochentera, realizadas por más de doscientas agrupaciones o ensambles conformados por músicos con calidad igual o superior a esa escena, industria o momento de la historia salsera, que fue aquel escenario comprendido entre mediados de los sesenta a comienzos de los ochenta del que provienen Valentín, Richie Ray y Roena, traducido en buenas cifras, más de treinta años en los que un sector desinformado dió por muerta la salsa, periodo durante el cual solistas como Rey Ruiz asumieron el liderazgo mediático más no el musical.


Durante ese tiempo los salseros inquietos encontrábamos producciones de calidad interpretativa o expresiva en las escenas salseroduras, latinjazzeras, timberas, soneras y de fusión, de las cuales no se daba por enterado el circuito comercial radiofónico local, principal medio de divulgación de las producciones musicales, sumiso a las propuestas masificadoras de las multinacionales discográficas interesadas en el lucro, no en la sensibilización responsable de las audiencias, el fomento de músicos debidamente formados –incluso por la ASAB, entidad del orden distrital- y de realizaciones artísticas distintas a sus productos de escritorio. Es pertinente recordar que la salsa tiene en su esencia histórica un carácter alternativo contestatario, goza de un aspecto identatario en su posicionamiento y una de sus tendencias más interesantes es la Salsa Conciencia, derivada de su caracter socio libertario.

En buenos términos, Salsa al Parque que nació como propuesta alternativa terminó cooptado por aquella concepción que rumora que “la salsa, el jazz latino y el son cubano” son “cosas” del pasado, que todo tiempo anterior fue mejor para estas prácticas musicales, cuando resulta que IDARTES tiene todo a su favor para producir un evento participante y participativo que reúna la tradición, la modernidad y la vanguardia de la SALSA local, colombiana y mundial, y no únicamente en la ejecución musical sino en todos los frentes que componen el fenómeno cultural salsero, por cierto, tan desfavorecido frente a la suerte de la privilegiada cultura rockera, admirable como expresión, lenguaje y estética.

Una pregunta ¿si muriera toda la "vieja guardia" -que seguramente así sucederá por esas cosas de la condición humana- se acabaría Salsa al Parque? Interrogante consecuente con la “creencia” que el periodo que sigue al dominado por Fania fue el correspondiente a la era de la Salsa Balada diseñada en las oficinas de la industria fonográfica, la "tendencia" que le negó trascender a un buen número de nuestros músicos, con sus proyectos discográficos -al tomarse la radio colombiana- más allá del casco urbano de una ciudad como la capital. De acuerdo a esa logicidad, en contados años tendríamos en Salsa al Parque una programación donde Víctor Manuelle, Mariano Cívico y Tito Rojas seran las “estrellas del afiche”, precisamente los “artistas que sus producciones” alejaron a los “salseros duros“ para refugiarse en el jazz y la “World Music” y a los jóvenes “urbanos” a no querer saber nada de esa "mermelada romanticoide" por “mantecosa y traqueta”, hasta que apareció hace una década, en Bogotá, La 33 Orquesta con su parafernalia “rockera” despertando esa “alma latino” que dormitaba dentro de las "más" recientes generaciones “urbanas”.

Hasta donde sé -escribía de mi experiencia con Salsa al Parque, además de trabajar con el Distrito en vigencias anteriores, y de “tener algo de información” en administración pública-, qué este festival -como los otros “Al Parque”-, como fiesta “estatal del orden distrital” debe acatar una funcionalidad como agente sensibilizador, formador, actualizador y fomentador de ciudadanos, funcionarios, gestores, pedagogos, músicos, difusores y públicos. En consecuencia, Salsa al Parque, como toda realización pública, incluso cultural y artística, no puede ser medido o cuantificado como “empresa con ánimo de lucro” que solo espera rendimientos de acuerdo a su costo beneficio, traducido a términos comprensibles: “La Plaza de Bolívar llena como Rock al Parque en el Parque Simón Bolívar".

Cierto, fue todo un espectáculo ver la Plaza de Bolívar colmada, bonita la noche del viernes –igualmente la tarde del domingo en la Media Torta-, el clima aceptable después de la lluvia, buena la producción, excelente la orquesta colombiana que acompaño a Rey Ruíz, bien por el repertorio clásico de Valentín y mejor aún por la actuación de Roena, sentido –y sorpresivo- el homenaje pirotécnico y sonoro a Joe Arroyo y también por parte de Ricardo Ray & Bobby Cruz –¡qué homenaje, "lo mejor de la noche", se observaba gente profundamente compungida!-, pero hemos sido testigos de la Plaza de Bolívar copada con artistas de otros géneros y de menor calibre y prestigio, incluso con salseros tipo Rey Ruíz en la tarima. Valga subrayar las sobresalientes actuaciones de Mayte Hontele –respaldada por músicos colombianos-, de los Hermanos Purizaga –también con músicos locales-, de Calambuco Orquesta –estrenaron "carismático" cantante- y, por demás, la perfomance de La 33 siempre generosa con su público. Y, de las bandas locales clasificadas, ¿qué? De ellas, “ni pio”.

O sea que el asunto a tratar no es el fabuloso cartel que incluía tres “superbandas” salseras: Bobby Valentín y su Orquesta, Roberto Roena y su Orquesta y Ricardo Ray y Bobby Cruz con su Orquesta y un Rey Ruiz merecido por sus seguidores y hasta por la misma 33 Orquesta, a la que le celebramos una honroso decenio de esfuerzos y logros. ¡No siempre se cumplen diez años! Un cartel, quizás, el mejor que ha programado en su historia Salsa al Parque, casi a semejanza de los privados con ánimo de lucro que organizaba Ralph Mercado hace más de dos décadas en el Madison Square Garden de Nueva York, pero resulta que desde entonces “mucha agua ha pasado por debajo de los puentes”.

Entonces, en el orden del día, puesto en la mesa de Salsa al Parque, el punto número uno a tratar es Conceptualización, debate en el cual deberá incluirse como ítem el lugar que ocupa el Festival dentro del amplio espectro salsero mundial y su papel como agente formador, integrador y dinamizador local y global, para transformarlo en un festival de referencia de “artistas, comunicadores y públicos” en el planeta y no desde la oferta privada de los “managers” interesados en ganarse unos “doláretes”. Con esta postura quiero expresar que el certamen anual debe ser realizado observando políticas públicas, una planeación estratégica integral con los otros eventos "Al Parque" y el conocimiento pleno del género, para desde allí socializarlo y, entonces si recibir “portafolios de estrellas” elaborados por los mismos "managers u otros" y demás PROPUESTAS provenientes del amplio espectro salsero conformado por lo folclórico, lo tradicional, lo clásico, lo comercial, lo independiente, lo alternativo, lo experimental y lo “underground”. En realidad, no solo deberían someterse al filtro de las eliminatorias los “desafortunados” grupos locales que merecen un mejor trato en los horarios, sino también toda carpeta musical que llegue a los escritorios de los directivos y “asesores”, unidad que debería estar constituida por funcionarios y “notables en la materia salsera” con operatividad anual y actividades los doce meses en beneficio de todos los constituyentes del complejo salsero en la capital.

Bueno, mientras este proyecto se concreta, por ahora, qué tal un Salsa al Parque que duré tres días, descontando las jornadas de formación para los músicos, de apreciación salsera para los “interesados”, de exposición discográfica para los coleccionistas, de memoria para la creación de un archivo, de “actualización” para los periodistas musicales y de reflexión para los investigadores, porque no realizar el viernes en la Plaza de Bolívar -espacio público que a algunos ciudadanos no nos atrae por atentar contra la asistencia en familia, dada las condiciones de seguridad y movilidad de la ciudad y las horas nocturnas en que se celebra- donde se programarían artistas para que “copen” el aforo; el sábado en la Media Torta, propuestas independientes, experimentales, alternativas y “underground”, “importando poco si asistímos cinco pelagatos”, y el domingo en la misma Media Torta, orquestas de nuevo populares, comerciales, clásicas o famosas para que “llenen” el coso, teniendo la deferencia de programar el viernes y el domingo a los dos grupos locales de mayor puntaje “entre” los artistas o agrupaciones con cartel y prestigio. Traduciendo, este año debió agendarse a DejaVú Orquesta entre Roena y Ricardo Ray. Ese si era el mejor premio a su perfomance en eliminatorias –siendo coherentes con las políticas de un evento estatal y público y no privado-, en lugar de ser la banda de apertura de una programación cuando no asiste nadie “haga sol, llueva o relampagueé”, y además, sin transmisión de televisión para colmo de la orquesta con el mayor puntaje. Igual el domingo, debió turnarse a Enclave Latino antes de La 33, por las mismas razones, aunque en esta ocasión el domingo no hubo televisión, sabiéndose que Canal Capital lo dirige un periodista “salsero”.

En este orden de ideas, qué cubrimiento mediático tan huérfano que sufrió una vez más “Salsenicienta al Parque” sin compararlo con Rock al Parque que en cambio cuenta con el beneficio de ser “caja de resonancia” de una industria del entretenimiento sonoro multinacional y multimillonaria sin parangón en la historia mundial de la cultura, las artes, los medios y la música. La inquietud que asalta es porque con lo “exitoso” que es Rock al Parque en todos los sentidos, el Distrito Capital no lo convierte en un ente con autonomía administrativa, patrimonial y presupuestal propia de carácter público, al fin y al cabo, está soportando sobre la industria del rock con todo su posicionamiento, penetración, andamiaje y parafernalia, de esa manera los dineros que anualmente se destinan a él se los invertiría en “los otros” Festivales al Parque para hacer justicia con esa “desfavorabilidad” mediática y comercial de la que gozan o, mejor, padecen. Si es que el asunto es de presupuesto y no únicamente de conceptualización, conocimiento e imaginación como tradicionalmente se ha aducido. La verdad, Rock al Parque no es exitoso por ser organizado por el Distrito sino por ser parte del universo rockero.

Bueno, mientras está propuesta se estudia y se hace viable, porque la organización, o mejor la Administración Distrital, en el momento que establece los porcentajes y cuantías de la multimillonaria pauta publicitaria a desembolsar en beneficio de los poderosos medios de comunicación, cifra en nada despreciable, diseña una estrategia pensando en una “retribución equitativa y justa para aquellos eventos menos favorecidos por el impacto mediático”. Por ahora, vale la pena resaltar el cubrimiento que hizo Laúd Estéreo el día viernes desde la Plaza de Bolívar, infortunadamente se quedó a mitad de camino, ya que el domingo hasta Canal Capital brilló por su ausencia en la Media Torta. Aquí es cuando “salta a la vista” la falta de astucia, compromiso o táctica del Distrito Capital a emplear en beneficio por aquellos festivales distintos a aquel que los medios “musicales y juveniles” proyectan como objetivo anual por ser altamente rentable y disfrutar de alta audiencia, razón por la cual le disponen sus mejores horas, “expertos”, equipos y cubrimiento.

Otro punto que debería tratarse es la creación de un archivo distrital salsero con la memoria e historia de la salsa en la capital y sus festivales Salsa al Parque, ya que asalta una vez más el desconocimiento que los organizadores tienen también de la salsa en la ciudad, existiendo testimonio vivos, “en carne y hueso”, de lo acontecido en Bogotá en materia salsera. La salsa en nuestra ciudad no nació con La 33, antes de esta prestigiosa orquesta, Willie Salcedo y Gustavo “Pantera” García fueron precursores con referencia a lo musical. ¿Acaso Eddie Martínez y Joe Madrid no produjeron más discos de salsa que álbumes de jazz? Y Jorge Fadul, ¿donde lo podemos ubicar? ¿Porque no invitar a Francisco Zumaque a montar con la Orquesta Filarmónica de Bogotá eso temas que arregló para Eddie Palmieri, Joe Cuba y la “Fania All Stars”? Y, ¿qué hacer con el aporte de los músicos afrocolombianos, "costeños" y pastusos? Además, deberían ser invitados a ser parte de la organización, asesoría, contratación, proyectos, programación y galardones. Por cierto, ¿porqué razón al "cuerpo de asesores" no se les consideran honorarios, acaso su saber o conocimiento no es tan importante como el ejecutado por cualquier funcionario, operador o músico en tarima? Por ahora, porque no se crea el premio Benny Bustillo, "padre de la salsa bogotana", a la vida y obra de un músico salsero o latinjazzero “bogotano”.

Finalmente, en Bogotá estamos desactualizados en materia de salsa, jazz latino y música cubana. Se cuentan con los dedos los estudiosos, expertos y difusores con una visión conceptual, histórica, integral y global del fenómeno salsero, sin embargo, desde hace unas seis versiones de Salsa al Parque hacia el presente, hemos gozado de un buen número de agrupaciones locales -¡qué paradoja!- con un sonido y repertorio propio “más” actual, y no es La 33 –ya que su sonoridad es setentera-, que muestra que entre los músicos jóvenes y urbanos existe la voluntad de enfrentar, a todo riesgo, la salsa con un sentido contemporáneo. Si los organizadores observaran esta tendencia con seguridad traerían propuestas del presente con el fin de estimular a esos jóvenes y proyectos que en un futuro serían la vanguardia y un logro de Salsa al Parque y de la escena bogotana. ¡No se puede asesinar la primavera! En el fondo, es síntoma, estos músicos generacionales están manifestando que “la salsa vieja o clásica no es lo último en guarachas” sino que existe un inquieto presente con modernidad y un futuro por conquistar desde la independencia y la alternatividad, desde la música, no desde los formulismos comerciales.

En fin, IDARTES, es decir, la Administración Distrital está obligada a cumplir con moral ciudadana, dejando de ser una especie de productora de conciertos espectaculares -por lo visto en Salsa al Parque 2011- a semejanza de "Jorge Barón y su Show de las Estrellas". Como lo comenté con amigos y conocidos en Facebook, se desconoce el presupuesto asignado a Salsa al Parque 2011, pero se espera que el "dinero invertido" en la nómina de lujo NO sea "flor de un fin de semana" con motivo del Mundial Sub 20, que haya sido por mostrar la "cara amable" de una Bogotá. Asunto aplaudible, más no suficiente. Ojala que hubiese sido en pos de la cultura salsera ciudadana, de aquella que el investigador puertorriqueño Elmer González alabó al expresar que lo había sorprendido el comportamiento de los salseros bogotanos "sin arrojar una colilla de cigarrillo al piso o una lata de cerveza vacía a la grama" con ocasión de Salsa al Parque 2008. Y todos, a su vez, estamos a obligados a rebasar esa perspectiva que existe sobre la existencia de una sola corriente “dura” al interior de la salsa, ese prejuicio que torna anacrónico al festival, la tendencia impuesta por Fania Records desde los setentas, la manifestante que la salsa esta muerta, sin renovación alguna, el referente que hace tediosa “nuestra cosa bogotana”. Bienvenido Jazz al Parque por ahora, que por cierto con entre su elenco con una banda de "latín jazz"...

De todas formas, como lo expresa Roberto Roena, "lo baila’o quien nos lo quita", sin embargo, la salsa no sólo es baile, es cultura…


P.D.: ¿Por qué Salsa al Parque no es coordinado por personas con experticias en asuntos salseros?